LA SOLEDAD. Visión 1
Incluímos a continuación el primero de nuestros artículos sobre la segunda película de Jaime Rosales, la necesaria LA SOLEDAD. Firma este texto Izaskun Arana:
“Eran tres, tres eran las hijas de Helena”, dice el refrán. Tres son, también, las hijas de Antonia. Y tres, padre, marido e hijo, las personas que atan a Adela a su pueblo de origen. Y tres, las habitaciones del piso de alquiler de Madrid en el que acaba Adela viviendo.
El tres, pequeño número, pequeña cifra, próxima al inicio, de largo camino por recorrer es el que enmarca las relaciones de la última película del director Jaime Rosales. Y son así, pequeñas, abiertas y flexibles las escenas que construyen su película LA SOLEDAD.
La pantalla, a veces, la divide en dos: primeros planos de los personajes cuando hablan, diferentes puntos de vista de un mismo espacio. Lejos de dificultar el seguimiento de la historia, Rosales acerca con este atrevido montaje un mundo interiorista, lleno de connotaciones sentimentales, que nos acerca a los personajes y a sus emociones, sin necesidad de emplear bandas sonoras musicales ni efectos singulares de luz.
Las historias paralelas fluyen tanto en acontecimiento como en imagen y Rosales las muestra, a veces, al unísono en pantalla, facilitando la comprensión global de la historia que cuenta.
Adela, madre separada, con un hijo de año y medio, y natural de un pueblo de montaña, decide irse a Madrid a vivir. Ni los trabajos precarios, ni la falta de apoyo económico de su exmarido, ni la cansada vejez de su padre la hacen dudar. Pero su lucha por la supervivencia en Madrid se resiente al ser víctima de un ataque terrorista. Su bebé muere, y la sombra de la culpabilidad se cierne en su semblante. Comparte piso con Inés y Carlos, jóvenes amables, con los que congenia y con los que mantiene de forma individual distintos grados de intimidad. Inés le ayudará tras la desgracia con las tareas cotidianas mientras ella se replantea su vida.
Antonia, dueña de un ultramarino de barrio, es madre de Inés, y de dos hijas más: Helena, y Nieves. Las tres, de caracteres dispares, viven realidades paralelas en las cuales, el nexo común, es su madre. Helena, frívola egoísta y manipuladora, acaparará la atención familiar. En su ambición, obligará a su complaciente y temerosa madre a vender su hogar para pagarle la entrada de su nueva residencia de vacaciones. No obstante, cuestiones mayores insuflan las preocupaciones de esta familia ya que, la hija mediana, Nieves, recibe el diagnóstico de cáncer de colón. Debido al tema del dinero, las verdaderas necesidades como la salud o el amor fraternal se diluyen entre discusión y discusión. La soledad merodea a cada uno de los personajes de esta película y todos centran su esfuerzo en la búsqueda de un apoyo, o en la supervivencia individual.
La sencillez de las escenas, el realismo de las historias, y la cotidianidad de los personajes, acercan el filme a un público capaz de identificar en ella cualquier historia o persona conocidas. El final que ofrece la película a cada personaje genera a su vez nuevas historias; el director da la oportunidad de imaginar. Sin un mensaje claramente esperanzador, esta película de línea existencialista y vital, pone en pantalla una obra de autor, de marcado estilo, y espejo de una dura realidad. Adoptando una postura aséptica y sin color respecto a las miserias sociales que trata, LA SOLEDAD es una buena manera de saber que, más allá de corrientes como “Dogma 95´”, el cine, en sí, también sirve para contar historias de tintes reales. Su apuesta por un montaje visual distinto al acostumbrado le aporta valor. Lejos de ser una película al gusto popular, es una obra interesante para aquellos cansados de efectos especiales del Avid. Para ver, contar hasta tres, y opinar. Interesantemente recomendable.
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