A la ópera con palomitas

Siempre me apetece terriblemente ver las películas dirigidas por mr. Kenneth Branagh, y tenía muchas ganas de esta FLAUTA MÁGICA, porque desde 2000, con TRABAJOS DE AMOR PERDIDOS, no había vuelto a estrenar un largometraje. Mientras tanto, me he consolado con los visionados domésticos de los ENRIQUE V, HAMLET, MUCHO RUIDO Y POCAS NUECES, etc (por cierto, que más de uno de sus largos está pidiendo a gritos edición en dvd, que todavía hay carencias).
Me gusta el cine de Branagh por varios motivos, y no porque lo considere un genio ni el inventor de la cuadratura del travelling. En primer lugar, le interesan muchas cosas que a mí también me interesan: Shakespeare, el musical, y ahora la ópera. En segundo lugar, sea de una manera u otra, su cine es siempre “musical”. Sus imágenes están llenas de ritmo y movimiento contínuos. Sea guiado por las maravillosas partituras de Patrick Doyle o por ese bonito experimento de mezclar a Shakespeare con Cole Porter y el estilo visual del musical americano más clásico que fue TRABAJOS DE AMOR PERDIDOS (también hay que decir que ese ansia de movimiento hace que a veces corra el peligro de descarrilar y pasarse de grandilocuente o enfático, como en FRANKENSTEIN).
El caso es que parece bastante natural ese interés por traer la ópera de Mozart de nuevo a la pantalla de los cines de 2007. De forma respetuosa, y a la vez nueva y joven. No, Branagh no es Baz Luhrman, así que poco le podrán criticar los puristas. Yo creo que su labor podría estar más cerca de la de un gran divulgador que sabe entretener y sacudir la naftalina a esas obras “intocables” de la Gran Cultura.

La historia de LA FLAUTA MÁGICA, al fin y al cabo, es una divertida fantasía. Y tratándola así Branagh le ha insuflado poder visual, sin desvirtuar la partitura. Stephen Fry se ha limitado a traducir el libreto alemán al inglés, lo que le ha dado mayor agilidad en consonancia con las imágenes del director. Así, lo cantado -es decir, todo- se acompaña en la pantalla de acción - pero sin desmadrarse-, sea la que pone la cámara, el montaje, o el movimiento de los personajes. Se evita en la medida de lo posible un cantar estático y, a menudo, la voz se pone en off, mientras el personaje evoluciona. El casting, además, ayuda, porque consigue superar todo envaramiento de los grandes divos de la ópera, difíciles casi siempre de retratar con naturalidad en el cine.
Sí hay dinamismo y preciosas imágenes, pero no hay excentricidades ni salidas de tono, y así Branagh vuelve a conseguir un producto que puede servir de perfecta iniciación a la ópera para los profanos, con una trama que llega a ser hasta divertida. En los “peros” pondría, eso sí, cierto abuso de las panorámicas aéreas digitales que hasta ahora el director no había explotado, pero a las que parece haber cogido gusto, y que más recuerdan en ocasiones a un videojuego de ésos de campañas de estrategia.
LA FLAUTA MÁGICA. The Magic Flute. Francia-Gran Bretaña, 2006. Dir: Kenneth Branagh. Ints: Joseph Kaiser, Amy Carson, René Pape.
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